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    Amnesia en día de Reyes

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    Relatos dominicales

    Miguel Valera

    Sebastián no recuerda haber recibido regalos en Día de Reyes. Cada año, cuando su esposa le pide que vayan al mercado a comprar algo para sus hijas, le parece un martirio. No puedo creer que seas tan Grinch, le dice, refiriéndose al personaje creado por el escritor y caricaturista Theodor Seuss Geisel. A regañadientes, con bolso en mano, recorre las calles del mercado, mientras Ana escoge los presentes que sus dos hijas, Ana Sofía y Ana Paola, verán al amanecer del día 6.

    Esa festividad, como la propia navidad, le ha generado siempre molestia. Simplemente no me gusta, le dijo un día contundente a su esposa, quien insistente, le gustaba dejarse llevar por la explosión del azúcar, la música y el colorido de esta época. La nochebuena se la pasaba callado y en la víspera de la llegada de los reyes, prefería irse con sus amigos a la Chiripa Canta-bar, el centro de reunión de los hombres de su colonia.

    Al ver su aversión y para hacer conversación, un día le dije que en parte tenía razón, que estas festividades habían sido impulsadas en nuestros tiempos con fines comerciales. Vivimos en una cultura de consumo y cualquier cosa es motivo para festejar, para comer y tomar. Se quedó callado. Está bien, insistí, pero creo que debes descubrir por qué te molesta tanto esta época, concluí, mientras cerrábamos la velada con un lingotazo doble de etiqueta negra, el whisky que más le gustaba.

    Con el paso de los años y en largas conversaciones que sostuvimos, Sebastián se abrió conmigo y me contó que la aversión que tenía por esa época y por su propia familia de origen, a quien no frecuentaba, se debía a hechos de violencia sexual que vivió en épocas decembrinas. “Mi hermano mayor venía de vacaciones a casa; yo era un niño, no tenía ni seis años. Lo adoraba por el tiempo que me dedicaba, pero me llevó del juego infantil al abuso sexual. Yo no tenía conciencia de ello, pero me dejó una herida profunda que me ha costado mucho trabajo sanar”, relató.

    —¿Te imaginas?, me dijo, con el rostro severo, al borde de las lágrimas. Lo que para muchos representaba un momento de felicidad, de alegría, de cercanía, para mi se convirtió en un infierno, en algo doloroso. Me ha costado mucha interiorización, mucha reflexión, para salir adelante. Esto nunca se lo he podido contar a mi esposa y por eso ella no entiende esta aversión. Ojalá todos los niños y las niñas del mundo pudieran vivir una infancia sana, pero no es así.

    —¿Qué pasó entonces?, volvió a cuestionar, decidí olvidar mi infancia, me lanzó. Por muchos años borré todos esos recuerdos hasta que un día, después de conversar con el doctor Gustavo A. Rodríguez, decidí consultar a un especialista para interiorizar mi pasado, para aceptarlo y seguir caminando en mi vida. Mis hijas, añadió, son lo más preciado que tengo y las cuido como un lobo, líder de la manada, pero ahora soy más consciente de mi historia y mi pasado.

    Ese día no supe qué decir. Me quedé callado. Apuré el líquido ámbar que Samy nos había servido en el bar, deseando que me llegara hasta el alma, para no pensar en cómo le estrujaron la infancia a Sebastián. Cuando salí a la calle dejé que las lágrimas se confundieran con el chipi-chipi de la noche.  

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