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    Que la tradición nos atrape

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    Por Daniel González.
    Fotos Jan Xahuentitla

    Desde muy pequeños (al menos los que somos de religión católica o cristiana) nos han enseñado que hay un después cuando morimos. Son muchas las opciones que nos dicen que puede pasar cuando llegue el momento, si en vida hiciste cosas buenas te espera un descanso en el paraíso, si tus acciones no fueron de nada benévolas un lugar de eterno sufrimiento y fuego será el lugar en donde cientos de demonios te esperaran, que si dejaste un pendiente antes de morir o la culpa es muy grande estás condenado a no ir a ningún lugar y quedarte para siempre entre los vivos, sin cuerpo, sin nada.

    Siempre la muerte será un misterio, que para unos significa el final definitivo y para otros solo un paso que todos tenemos que dar. En México, una vez cada año todo esto deja de importar…

    Pasan los primeros 15 días de octubre y en muchos lugares esto solo significa una cosa: nuestros familiares, amigos, conocidos ya fallecidos visitaran nuestros hogares para degustar la comida que en vida solía encantarles.

    El 30 de octubre esperamos la visita de los bebés, los que murieron dentro del vientre, en el parto o días posteriores, el 31 de octubre es el turno de los niños menores de 12 años, para ellos son los dulces, en ocasiones suelen ponerse un juguete para que la visita sea más amena, el primero de noviembre a todos los muertos mayores de 13 años y el 2 de noviembre es la despedida, se recoge la ofrenda y los muertos regresan a donde pertenecen.

    Recuerdo en una ocasión cuando tenía 10 años, mi bisabuelo tenía pocos años de haber muerto y en los altares siempre se le recordaba con un vaso de aguardiente, no estoy seguro si fue primero o dos de noviembre pero el vaso que se había dejado lleno, amaneció casi un poco más de la mitad. En ese momento fue algo mágico, lo que me habían dicho que pasaba ese día era cierto, ¡los muertos si venían! y si por supuesto venían a comer. Ahora que lo analizo pienso en la explicación razonable de aquel suceso, algún familiar le bebió al vaso, el calor de las veladoras hizo que se evaporara o se regó, aun así me gusta más pensar que lo que pasó fue lo que creí de niño, fue la magia del día de muertos.
    Y suele pasar que estás sentado, es finales de octubre, la tarde está agradable y un frío aire te toca la espalda haciéndote erizar la piel, haciéndote sentir que no estás solo y no sientes miedo, en cambio te sientes acogido, tranquilo…

    Por muy aterrador que se escuche esto de que los muertos vienen a visitarnos, tiene un sentido más romántico que paranormal, pues quien no ha perdido a un ser querido y le gustaría estar con él una vez más. Si bien esto no sea más que una tradición, es una manera muy bonita de recordar.

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