La historia de Hipérbaton, una mujer que encontró en la lucha libre un territorio para desafiar los límites impuestos a su cuerpo
Por Kevin Hérnandez Cruz – Fotografía Daniel González

Para muchas mujeres el deporte llega tarde o simplemente no llega. Pensado como actividad lúdica que no suele dejar réditos ni a corto ni mediano plazo, el deporte, no se vuelve una prioridad u horizonte entre muchas mujeres mexicanas. Si bien, en los últimos años comenzamos a hablar de mujeres en ciertas esferas públicas, antes solo imaginables para los hombres, muchas veces estas aproximaciones tienen un componente de cuota de género; es decir, solo están las mujeres para demostrar inclusión y diversidad. Cuando es tan notorio este movimiento, solo hace más evidente que el deporte sigue siendo un escaparte para el cuerpo de los hombres, según no lo recuerda Raewyn Connell en su libro Masculinidades (2019).
Ahora bien, la relación entre mujeres y deportes ha tenido un sendero marcado por batallas y encuentro previos, antes de llegar al escenario deportivo, ya que las mujeres se suelen enfrentar a otros contrincantes previos: el padre que solo deposita la fe y el entusiasmo deportivo al hijo varón; al marido temeroso de su propia capacidad y que trunca a su compañera; la madre que ve con temor el desenvolvimiento corporal de su hija; la maternidad que ancla a la mujer; y, para muchos, esto incluye a los hombres cabe aclarar, el factor económico que cercena toda pasión que no se vea reflejada en una retribución monetaria.

Para muchas y muchos, lo económico y la precariedad suelen convertirse en tierra fértil para el crecimiento personal y el triunfo deportivo. Tantas historias de boxeadores de barrio, de futbolistas llaneros nos rondan por la mente, invitándonos a no excusar a los quejosos de sus condiciones materiales, pues estos ejemplos demuestran que solamente hay que echarle ganas un poquito.
En fin, pese a los desmoronamientos y caídas abruptas de la economía y las alzas, eso sí, de la canasta básica, hay quienes ven en el deporte, ese que no sale en los grandes medios, a lo sumo en las redes de pequeños reporteros o influencers locales, un horizonte posible y deseable. Ya hace unas décadas Carlos Monsivais (1995) afirmaba que el “gran recurso de los niños sin recursos [es] el triunfo deportivo”. ¿Pero cabría preguntar si acaso para una madre soltera, que se dedica a la limpieza de casas y que se apoya de algunos emprendimientos para llegar a fin de mes, sin una instrucción previa en alguna actividad| física y, con más de tres décadas a cuestas, el deporte podría ser un gran recurso?
A botepronto, para Hipérbaton la respuesta a esta interrogante, se escurre entre el sudor de cada movimiento en el ring o cuando se tiene que encorvar para barrer mejor un claroscuro de un mueble que no ha sido movido en meses o años. Pancratista xalapeña, con una carrera corta, pone el dedo en el renglón cuando se piensa que el deporte para una mujer adulta y con responsabilidades es una osadía. Pensar que un día cualquiera, en una arena de medio pelo, le cueste una fractura, una herida en la espalda o lo peor, dejando a la suerte su propio futuro o el de su hija, una niña próxima a entrar en la secundaria. Con apenas una garantía (pago al luchador por una función) que tienta mínimamente lo de un salario mínimo y eso, solo en el mejor de los casos.
Procedente de una familia obrera y de una comunidad que gira alrededor de un ingenio azucarero, La Gloria, Veracruz, con un padre que en recientes fechas se acaba de jubilar por la puerta grande, una madre dedica y construida como una ama de casa. Hipérbaton, es la hermana mayor de cuatro hijos (dos varones y otra mujer). La pasión por el deporte en este hogar era una constante por el jefe de familia quien llegó a destacar en el fútbol, el beisbol y la pesca. Empero, estas actividades no fueron una herencia entre los hijos y menos para las mujeres.

Producir connotaciones nuevas en un cuerpo que fue socializado a la usanza de una tradición, donde las mujeres todavía buscan ser enraizadas en espacio privado, resulta en una singularidad apabullante. El deporte en este sentido, es un campo históricamente dominado por hombres, lo que ha dado paso a una narrativa en donde se han naturalizado las construcciones sociales del cuerpo tanto en hombres como en mujeres, esto ya lo ha dejado bien claro el sociólogo, Pierre Bourdie, en su celebre trabajo La dominación masculina (2007).
La debilidad, la torpeza de movimiento, el temperamento frágil o el desborde de emociones no son atributos inherentes al cuerpo de las mujeres, son características que se van encarnado y reafirmando a lo largo de la vida, ¿esto qué quiere decir? Que no se nacen con ellas, son reforzamientos sociales y culturales que se presenten a lo largo de la vida, cada vez que alguien le niega un movimiento a una niña, porque este no es propio de una supuesta feminidad, la cual se debe salvaguardar, estamos haciendo “género”, como bien lo señala la investigadora y especialista en estudios críticos de género Hortensia Moreno (2011). En otras palabras, estamos creando una representación de lo que debe ser una mujer o un hombre en términos de masculinidad.
Los mandatos de género y las trayectorias que de estos se desprenden, no son inmutables y cambian dependiendo del contexto, sin embargo, hay ciertas proyecciones que se mantiene y que se espera asuman las mujeres en sus biografías. Hipérbaton al igual que muchas otras mujeres en su día a día, desquebrajan estas ideas. En el territorio deportivo hay una diversidad de retos que no suelen vivir los hombres: el sexismo, la misoginia, la falta de representación de otras mujeres en la misma práctica deportiva, el acoso y de manera general la abrumadora situación económica; la cual, en muchos casos tiene más impacto en las mujeres que en hombres.
Aunque una trayectoria de poco más de dos años no resulta a simple vista, en una “gran travesía”, para una mujer bajo ciertos contextos, es una caminata con exabruptos que solo invitan a tirar la toalla, Hipérbaton en este sentido, no se ha acalambrado y se mantiene firme en el cuadrilátero, recorriendo lona. En sus inicios bajo la tutela de una institución xalapeña dentro de la lucha libre, El caballero Negro, pancratista que no se ha dejado caer en sus más de 50 años de trayectoria; ahora, bajo instrucción con otras grandes figuras de la lucha libre de Xalapa, El Diamante Rojo y Diamante Rojo Jr., quienes encabezan una de las escuelas de lucha más longevas, El Club Costalazo, próximo a celebrar su 42 aniversario.
Sin ánimo de una crítica, valdría la pena cuestionarnos, ¿por qué Hipérbaton no entrena bajo la tutela de una mujer luchadora? La respuesta es simple, no hay tantas mujeres luchadoras y, de estas, son contadas las que logran tener carreras que superen las décadas como la gran Irma González. Al menos en Xalapa, no hay escuela de lucha libre encabezada por una mujer y ni hablar de disidencias sexuales. Esto puede resultar en una carencia, pero también es una oportunidad, hoy en día Hipérbaton comparte los encordados con una gran diversidad de mujeres jóvenes, que están tensando el mandato de género y forjando futuros diversos más allá de las limitantes que tuvieron otras generaciones.

Su misma presencia dentro del ring es una muestra de cómo el género es moldeable, por lo tanto, las características que se asuman en torno a la feminidad y masculinidad son arbitraras. Hace casi un siglo la antropóloga Margaret Mead (1935) ponía en entredicho el supuesto temperamento o disposición de las mujeres y hombres para las labores de cuidado o caza, en su etnografía, nos presentó a hombres que abrazaban la labor del cuidado y mujeres que asumían un rol como proveedoras. Así, que no es cuestión de debilidad o miedo que no haya tantas mujeres en el deporte, es más bien, una operación sociocultural que por muchos años las han mantenido en el ostracismo en este campo.
Hipérbaton le pone al cascabel al gato y su presencia junto la de otras mujeres luchadoras, es una afrenta ante promotores que solo usan la participación de estas, como una cuota que se debe de asumir, relegando su participación a las primeras justas de la noche, montando a sus compañeros hombres en las luchas estelares, aunque su desempeño luchístico sea deficiente o nulo.
Pensar en clave de género no es sinónimo de darle la razón a las mujeres o de solo asumirlas como víctimas de un sistema patriarcal, es hacer evidente los entramados de poder que buscan someterlas a un orden que suele beneficiar a ciertos hombres. Es necesario decirlo, no todos los varones se “benefician” de manera igual, pensemos en el luchador que entresemana se dedica a la albañilería y llega a la arena agotado por este trabajo; en contraste, con el luchador que desde niño ha practicado algún deporte, que pueden disponer de tiempo e ir a un gimnasio, consumir suplementos, practicar otra disciplina, ir con un buen fisioterapeuta etc. En fin, el género solo es una arista de las tantas normativas e intersecciones que configuran el cuerpo y la experiencia social en su completud. La clase, la raza, la geografía entre otras, pueden facilitar o truncar las experiencias vitales tanto de mujeres como de hombres.













